Y un día, ya viejo y un poco cansado, descubrió por casualidad que
ninguna de sus creencias tenía el más mínimo fundamento. Lo negó, se
alejó del mundo, lloró un largo rato, y al tiempo se consoló: "No está
mal, me queda el resto de vida para reconstruir el cosmos". Y comenzó
lentamente a apilar rocas desde los cimientos, sin sospechar que,
inevitablemente, todo se derrumbaría otra vez tarde o temprano.