miércoles, 27 de junio de 2012

Cuando perder es ganar

   A mediados de 1981, en plena guerra fría, un incidente estuvo a punto desencadenar un conflicto armado que hubiera cambiado la faz de la tierra. Un submarino nuclear estadounidense perdió contacto con la base de operaciones después de encarar una misión de patrullaje secreta en el Ártico, muy cerca de las costas de Rusia. Inmediatamente se declaró el estado de alerta DEFCON 2 y toda la inteligencia naval de USA fue convocada para manejar el conflicto. Las hipótesis iban desde una falla del submarino, hasta un ataque furtivo de la armada soviética. En el segundo caso no se podía esperar, había que contraatacar de inmediato.

   Horas después, Ronald Reagan habló con su par ruso, Leonid Brezhnev para explicarle la situación. Brezhnev, viejo y cansado, dijo que no tenía conocimiento de ningún incidente con un submarino en el Ártico, pero los mandos militares estadounidenses no quedaron convencidos. Si los rusos habían hundido el submarino por error, podrían ya estar preparando el ataque. Y cuando se usan armas nucleares, sabemos que el que lanza el primer ataque corre con ventaja.

   Esa noche llevaron a Reagan a un bunker de guerra en algún lugar de las Rocallosas y lo sentaron frente a un panel con un gran botón rojo. El botón rojo era el gatillo que dispararía tres misiles nucleares dirigidos uno a Moscú, el otro a Leningrado (hoy San Petesburgo), y el tercero a Perm. La detonación de esos misiles causaría un desastre en todo el continente asiático y europeo, con incalculable cantidad de muertos y consecuencias trágicas e impredecibles durante décadas, sin contar los riesgos de un contraataque nuclear de Rusia, con resultados aún más funestos.

   Ronald Reagan, un actor de películas de vaqueros, debía tomar una decisión que modificaría la historia del planeta.

   Se cuenta que en ese momento Reagan miró a todos, después cerró los ojos, respiró lento y profundo algunas veces y volvió a abrir los ojos. Dijo lentamente, como midiendo las palabras: "No voy a ser yo el responsable del fin de nuestra civilización, declaren el submarino perdido. Fin del incidente.".

   El submarino fue encontrado meses después por marinos rusos. Había sufrido una falla eléctrica y se había hundido. Todos sus tripulantes habían muerto, pero la armada soviética no había tenido nada que ver.

  Así, ese día de junio de 1981, el mundo podría haber cambiado drásticamente, y para peor. No sucedió porque se optó por no agredir, hasta el enemigo más vil merecía el beneficio de la duda, porque así, con buena voluntad y sentido de justicia, conseguimos llegar hasta aquí como especie y civilización. Ese día se optó por asumir las pérdidas antes que sentarse sobre una victoria infame y desolada. Y entre tantos conflictos y malentendidos, una sola decisión de paz redimió en un instante el destino del planeta. Hoy, con tambores de guerra de nuevo sonando cerca de Irán, otros actores enfrentan el mismo desafío.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Comente, o calle para siempre...