viernes, 31 de agosto de 2012

De artistas y de locos

     ¿De donde viene la fascinación social con los locos y la locura? Balada para un loco, el loco de la calesita, the fool on the hill, esos locos bajitos, no estamos locos, crazy little thing called love, son algunos poquísimos ejemplos de canciones dedicadas a locos o a explorar, alabar o, aunque suene contradictorio, intentar entender la locura. En la pintura tenemos al "loco de cabellos rojos", Van Gogh, que es un caso icónico de locura que se expresa desesperadamente a través del arte. También el surrealismo, con Salvador Dalí, nos llevó de paseo por mundos de delirio y sinsentido. Incluso en los dichos populares podemos ver indicios de esta loca seducción. "De artista y de loco, todo el mundo tiene un poco" además de emparentar al artista con el loco, reserva un poco de locura para nosotros, los cuerdos.  Otra, "los niños, los borrachos y los locos dicen la verdad" más fuerte todavía, porque asume que existe una relación entre la locura y la verdad, lo cual para la razón es el anatema.

   En este contexto  ¿Cómo definiríamos la razón? La razón es un marco donde modelamos nuestra experiencia social e individual. Funciona como un espacio, una estructura, el universo donde respira la lógica, el pensamiento y el lenguaje. La razón nos ubica en el mundo de lo posible, de lo previsible. Un entorno regulado que nos permite jugar a ser los reyes de la creación, porque el que entiende puede anticiparse y estar preparado. Es decir que con la razón ganamos tiempo y capacidad de reacción ante lo inesperado, lo cual no es poca cosa.

    Pero la razón tiene límites, y son límites duros. La razón permite pensar lo pensable, decir lo decible. Pero ¿Qué tipo de recorte sobre qué substancia fundamental hicimos para construir el andamio de la razón? ¿Dónde queda entonces lo impensable, lo indecible? Varios filósofos se hicieron esas preguntas, algunos lo ubicaron en dios (lo que sea que ello signifique), otros elucubraron teorías sobre lo inconsciente, y otros simplemente se detuvieron pasmados ante la inmensidad del misterio.

    Las fronteras de la razón son, por definición, mundos inexplorados. Sólo algunos locos tienen el coraje o la inconsciencia suficiente para aventurarse donde las cosas no tienen nombre. No es sencillo navegar en el mundo de la sensación, de la experiencia extática, del movimiento puro despojado de cualquier conocimiento. Por eso este tipo exploración queda reservada a los llamados artistas: gente que cree en la posibilidad de significar el mundo de la sinrazón y traer algo de vuelta, como un Marco Polo mental, que trae pensamientos exóticos a nuestra pequeña aldea de lo razonable.

   Así, en nuestro mundo cognoscible, previsible y razonable, los locos son los que no entienden la locura de nuestra razón, gente que ha cruzado el puente hacia lo impensable y no puede o no quiere volver. En nuestro mundo, el arte pareciera ser el único discurso social que puede y debe expresar locura. El artista es un intermediario, un comerciante del sentido. El artista se interna en locura señalizando el sendero para volver y comunicar sus vivencias de la manera en que le permitan sus elementos, sus técnicas, su ingenio, y su imaginación. Por eso muchos artistas no son entendidos, por eso se dice de algunos que se adelantaron a su tiempo, el loco que en el siglo XII decía que el hombre podía volar ardía en la hoguera, pero ocho siglos después el hombre finalmente pudo volar, y hoy loco sería el que pretendiera negarlo. Demos gracias, celebremos y abracemos a nuestros locos que, jugándose la razón y la vida, iluminaron nuestro mundo con pinceladas y colores nuevos, increíbles, inimaginables.


No estamos locos. Ketama.




martes, 28 de agosto de 2012

Acerca del Tao del conocimiento, y su evidente circularidad.

Ignorancia, nada puede decirse acerca de ello.
Creencia, se puede decir muy poco acerca de ello.
Información, pueden decirse muchas cosas acerca de ello.
Conocimiento, se puede decir mucho acerca de ello y de sus relaciones con otros.
Sabiduría, nada puede decirse acerca de ello.

sábado, 25 de agosto de 2012

Pensar la vida

Pensar la vida como pulso, como un latido firme que a cada golpe desafía el silencio.
Como chispa, como presencia osada que enciende todo en un instante, y en otro desaparece.
Pensarla como salto, como huella, como grito en el vacío. Como movimiento, mutación, reto a la muerte. Como búsqueda, centro y periferia.
La vida como exultante generosidad, como generador de novedad, como búsqueda ilimitada de ser, de imaginar lo imposible hasta hacerlo existir.
La vida como legado, como un continuo dar, porque eso es lo que es. Cada respiración, cada mirada, cada sonrisa, cada caricia, y también cada maltrato y cada desprecio se esparce por el espacio tiempo como una causa de efectos a veces incalculables. 
La vida entonces como lentitud, como cautela y silencio, como contemplación, como sabiduria.
Y el final, como agradecimiento, un saludo, un dolor. Como angustia de caer, separación, y paz. Lo que queda se devuelve respetuosamente a la tierra, a la que pertenece.

lunes, 13 de agosto de 2012

Alumbrar (fragmento), por Patricia Rojas


Alumbrar es un acto de amor.

Como dar luz y dar a luz. Llenar de claridad.

Armar un nido. Constuir un templo.

Dar vida. Dar de comer. Dejar dormir. Dejar crecer.

No dejar solo pero dejar ser. Respetar.

Desahogar y desembarazar. Ayudar. Reír. Escuchar.

Consagrar cada acto de la vida cotidiana.
Bendecir lo que se come. Respirar.

Acompañar. Hablar con claridad.

Iluminar.

Inspirar.

Estar.

Vivir.

Ser.

domingo, 12 de agosto de 2012

Don Alejandro

Don Alejandro era un hombre sabio, sabía más por viejo que por hombre.
Hacía rato que se venía retirando del ruido mundanal, los años lo iban dejando cada vez más sordo.
Pero hasta su sordera era sabia, escuchaba atentamente a sus nietas y jamás mi cháchara idiota.
Don Alejandro vivía entre nosotros, pero no jugaba nuestros dramas. Reía mirando el diario, bromeaba con todo y con todos los que quisieran oír.
Vivió una vida sobria, sin limitaciones pero sin excesos. Su humor era fresco y constante.
Don Alejandro envejeció sin dependencias emocionales ni físicas. Fué a comprar su pan todos los días.
Festejó sus cien con alegría y sin cuentas pendientes.
Llegando casi al 101, un día agradeció a la vida y a los que lo habían acompañado hasta allí, y en un resfrío, se dejó llevar.