Llegué al scoutismo, como a la mayoría de las cosas que marcaron mi vida, sin querer. A los 11 años yo era un chico muy inquieto, insoportable para ser más exactos. Un día a mi viejo se le ocurrió llevarme a un grupo que estaba cerca de casa, el grupo Scout San Gabriel. Yo, por supuesto, me negué rotundamente. Para mí, como para tantos otros, el escoutismo era para nerds con vocación paramilitar, o consistía en estar todo el sábado a la tarde jugando a la pelota, cosa que también me aburría. Como verán, tenía solo 11 años pero ya me sobraban prejuicios. La cuestión es que mi padre me convenció -bajo amenaza de muerte- de intentar un par de semanas para probar y ver si me gustaba.
Y debo decir que lo que encontré en el grupo me sorprendió. De entrada me extrañó que a los pibes nos trataran como a grandes. Había proyectos, con objetivos concretos que había que cumplir en con tiempos y etapas. Por ejemplo, cuando llegué estaban preparando el campamento de invierno. Había que diseñar y armar mesas con colihues para llevar al campamento, chequear las carpas y el resto del equipo. Desde el primer día me dí cuenta de que en este grupo no se jugaba al fútbol, en este grupo se-la-bu-ra-ba. Formé parte de la gloriosa patrulla “Pumas” (audaces y feroces, ra ra, ra!) cuyo guía en ese momento era Juanjo Nieto, un gran scout del que aprendí mucho y que ya desde esa época se le veía pasta de dirigente. Los jefes de tropa de la época, otros grandes, eran Joe Garcés y Willy De Battista que planearon y llevaron a cabo un campamento que marcó mi vida: Bariloche, Enero de 1986.
Ese campamento fue encarado como un proyecto del grupo, creo que participaron los Raiders (hermanos mayores de los scouts) también. Estuvimos varios meses proyectando y palpitando la gran aventura. No se olviden que teníamos sólo 12 años, para nosotros ésto era como irnos a Malasia a luchar con tigres o descubrir América, era prácticamente una película. El día del viaje llegó y nos montamos en el micro con destino a Bariloche.
La cantidad de cosas que pasaron en ese viaje es incontable, todos los días traían una aventura. Recuerdo algunas muy vívidas, la subida al cerro López por ejemplo. La hicimos por la antigua picada, un camino que serpentea entre el frondoso bosque del cerro. Ese día, me acuerdo, uno de los chicos resbaló y empezó a patinar por la ladera. No recuerdo si fue un dirigente o un raider el que se lanzó de cabeza a buscarlo antes de que tomara velocidad. Un susto nomás, ingrediente fundamental de la aventura. Otro día, las patrullas salimos cada una por su lado. La idea era que, siguiendo pistas que encontraríamos escondidas en distintos puntos, nos reencontráramos en algún lugar de Bariloche. De repente, y esto no lo olvido, me vi caminando por “los kilómetros” de Bariloche (la avenida Bustillo) con un grupo de 7 compañeros de aventura, solos, participando de un juego que incluía todo el mapa de Bariloche. Déjenme enfatizar esto, éramos un grupete de 8 pibes de alrededor de 12 años caminando solos por una ruta. Supongo que los dirigentes estarían monitoreando de cerca, pero nosotros no los veíamos, solo vivíamos nuestra aventura. Otra impresionante vivencia de ese viaje fue el cresteo del catedral. También tengo tremendos recuerdos de ese día. Subimos el cerro en aerosilla y ya en la cima caminamos todo el día con nuestras mochilas por cornisas monumentales y paisajes increíbles, literalmente entre las nubes. Todo ese esfuerzo fue coronado por la llegada al atardecer del lago escondido. El espectáculo de la puesta el sol entre las crestas del Catedral disipó todo el cansancio. Esa tarde la pasamos en un verdadero refugio de montaña, conversando “mano a mano” con montañistas de verdad que nos decían “¿Ves ese pico que está allá? –Sí -Ayer se mató un alemán ahí” y esos lindos temas de conversación de montañistas... Esa noche, antes de dormir, escuchaba el zumbido del viento entre los picos y pensaba ¿Qué es esto? ¿Dónde estoy? ¿Cómo llegué hasta acá? No podía creer que yo, un pibe de departamento que hasta ese momento solo había visto ese tipo de cosas por la tele, pudiese estar embarcado en semejante aventura.
El viaje terminó, como todo, y mis días de scout también pasaron. Pero llevaré para siempre las cosas que viví y aprendí. El amor y respeto por la naturaleza, el valor del trabajo bien hecho y la certeza de que siempre se puede vivir una aventura. Sólo es cuestión de prepararse, y después abrir las alas y animarse a volar. Mi más emocionado recuerdo y gratitud para aquellos que me mostraron que la vida puede ser una gran aventura.
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