viernes, 2 de septiembre de 2011

Meditación

Imaginate en una habitación blanca y amplia. Tú estás sentado en el piso, en medio de ella. Cierras los ojos. Una luz blanca y muy brillante comienza a surgir en tu pecho. Poco a poco la hermosa luz se expande hasta llegar al chakra de la coronilla. Se hace muy brillante, casi no se puede mirar ya. Duelen un poco los ojos y sientes su calor en tu piel. Lentamente su fulgor se vuelve insoportable, aprietas los párpados con fuerza y te tapas los ojos con las manos, temes quedarte ciego. Su calor molesta, transpiras. Tratas de levantarte pero una fuerza extraña te mantiene sentado, ni siquiera puedes gritar porque pareciera no haber aire para conducir el sonido. La angustia crece junto con la asfixia y esa puta luz que sigue expandiendose hasta que ya no puede más. Un ruido sordo hace al explotar, y toda la habitación blanca queda manchada con tu sangre y tripas. Extrañamente, tus piernas continúan en posición de loto.

1 comentario:

  1. El problema de querer usar herramientas sin saber cómo se hace.

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