jueves, 13 de junio de 2013

Científicos versus religiosos, la batalla final

     No hay discusión más larga y aburrida que la que se da entre adeptos a la ciencia y religiosos. Pareciera que cada uno busca negar la visión ajena. En vez de sumar puntos de vista para abarcar cada vez con mayor amplitud nuestras empresas de conocimiento nos aferramos a un solo "libro" que promete revelarnos la verdad. Eso, señoras y señores, se llama fanatismo y es claramente una forma de vagancia intelectual que poco a poco nos va arrastrando al camino de la estupidez negadora. Hay que enteder muy bien que el fanatismo no tiene banderas. No importa si sos fanático de Jesús, de Boca, Perón, Buda, Justin Bieber o de Sir Isaac Newton. El fanático es simplemente un haragán, un lisiado intelectual, lo que en el barrio llamamos un salame.

     Los "argumentos" religiosos para negar hechos científicos son sencillamente indefendibles. Porque lo dice dios (que en realidad nunca dijo nada en público, todavía) o la biblia (que es ni más ni menos un libro de mitos) no son argumentos porque no ofrecen ninguna prueba o razón de peso para el no creyente. Pero del lado "científanático" también se cometen algunos "excesos". El cientifanático dice cosas como: "los creyentes son todos iguales, son unos estúpidos porque creen en vez de razonar". El que sostiene esto está simplemente desconociendo el método científico, cuya etapa de formulación de hipótesis se basa ni más ni menos que en una creencia que tiene el observador y que la utiliza como verdad provisional. La actitud científica correcta entonces sería diferenciar entre verdades provisionales y teorías que han sido probadas con experiencias y razonamientos. 

     La ciencia no es la "última y más perfecta forma de conocimiento humano" como dicen los cientifanáticos, es simplemente una forma de socializar el conocimiento, poniéndolo al alcance de cualquiera que pueda ver y razonar sus experimentos. Las religiones, los mitos y las creencias no son "la revelación de dios al hombre", como sostienen los fanáticos religiosos. Son un conocimiento expresado en forma de relatos que también modelan la experiencia del hombre en el mundo y constituyen una interpretación de los misterios que éste ofrece.

     En definitiva, la forma de encarar este tipo de dilemas habla de la apertura mental de cada uno y de sus ganas de realmente entender y ampliar sus horizontes, y no de descalificar al prójimo o ser el portador de la verdad revelada. La actitud científica correcta no es negar todo lo que no pueda ser probado. Los mitos, las creencias, las tradiciones forman parte de nuestra historia, de nuestro conocimiento del mundo, y son, en definitiva, los que nos trajeron paso a paso hasta el Iluminismo, cuando se pudo formalizar el método científico. Las explicaciones del mundo, o cosmovisiones, entre las cuales se incluye la cosmovisión científica, se fueron sucediendo unas a otras a lo largo del tiempo. Todas tuvieron una razón de ser (aunque ahora no las entendamos por las limitaciones de nuestra propia mentalidad, impuestas por nuestra cultura) y todas sirvieron dentro de sus contextos históricos, por eso todas ellas merecen nuestra admiración y respeto. Pero como todo hecho cultural, las creaciones mas "novedosas" no reemplazan a las antiguas sino que se suman, se amalgaman, se intersectan. La ciencia es una herramienta de conocimiento muy poderosa, eso no hay dudas, pero ¿Quién sabe qué otras herramientas cognitivas crearemos en el futuro? ¿Y quién sabe también qué herramientas tuvieron nuestros ancestros para elaborar sus mitos y creencias? Al final de cuentas, estamos lidiando con uno de nuestros problemas más grandes: el acercamiento a La Verdad. Y, como ya es bien sabido por las ciencias del lenguage, la realidad es incognoscible para el ser humano, porque solo tenemos el lenguage, alienante e imperfecto, para modelarla.

     Y hay que decirlo, mal que les pese a los cientifanáticos, la ciencia todavía nos debe algunas explicaciones sobre el origen del universo. Porque el Big Bang, donde toda la energía y la materia del universo surgen en un instante de la nada requiere claramente un acto de fe. Como decía Terence McKenna: "dennos un milagro gratis y nosotros les explicamos el resto". Un verdadero científico, a diferencia del cientifanático, admite que la ciencia no puede dar explicación a muchos misterios de la existencia humana. Pero lo seguirá intentando, en un poético aunque paradójico acto de fe. El científico sabe que las "Teorías Científicas" por más probadas que estén, no pueden presentarse como "La Verdad". Las teorías siempre son falseables, es decir que también son verdades provisionales que podrían ser ampliadas o refutadas por otras observaciones, pruebas y razonamientos más profundos. Entonces, al final de cuentas, tanto la religión como la ciencia son respuestas provisionales a nuestras preguntas. La cuestión última es: ¿Por qué nos hacemos estas preguntas? ¿Por qué nos obsesiona la existencia de un orden o de una intención creadora? ¿Por qué vivimos construyendo mitos, hipótesis y explicaciones a estas preguntas? La respuesta podría ser la misma de por qué el can se lame los testículos: "porque puede", o podríamos callar, como los monjes y los científicos, y dedicarnos con humildad a contemplar el misterio.

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