sábado, 10 de septiembre de 2011

Una cuestión de cultura

- Mire Suarez, es lo que yo le digo ¡Es una cuestión de cultura!- dijo el abultado señor Iglesias, apoyado en su poltrona y sosteniendo la bebida en alto.
- Así es amigo, es inútil...
- Crealo Suarez, viviendo ahí en esas villas espantosas. No se puede creer cómo pueden soportarlo.
- No tiene nada que explicarme, lo he visto con mis propios ojos en otra oportunidad, viajando a quién sabe qué confin.
- ¿En serio lo ha visto y ha evitado el vómito, Suarez?
- No Iglesias, ya de lejos se ven horrorosas, con colores chirriantes y luminosos.
- Si, y conforme se va llegando, se puede percibir sus piedritas equidistantes delimitando esas terribles viviendas. Con esos ladrillitos, uno al ladito del otro, todo de la misma distancia, todo parejito. Y sus tejas naranja furioso también, cayendo en línea recta, a dos aguas simétricas ¡Lo pienso y se me revuelve el estómago!
- ¡Y las flores, Iglesias! ¡Todo lleno de esa inmundicia con esos olores que anuncian la primavera!
- Si, ni hablar, las flores son lo peor ¿Cómo no quieren estar bien, como nosotros, revolcándose en su propio excremento? Si cualquiera puede disponer de excremento, no hace falta tener dinero para ello.
- Es increíble esa gente. Y usted los viera, con tal de trabajar hacen cualquier cosa ¡Trabajan hasta que caen muertos!
- Si, no los entiendo, se les dieron muchas oportunidades de vivir una vida de ocio, como la nuestra, y la desecharon por trabajar ¡Es indignante! - chilló Iglesias mientras desprendía un gran pedazo de alimento que había quedado adherido a una pared que de tantas marcas y quebraduras se diría que estaba por derrumbarse.
- ¿Usted puede creer que prefieran vivir con comodidades? ¡Con lo incómodas que son!
- Esas son las cosas que los medios les venden a esa gente sin cultura - dijo Iglesias mientras rasgaba la tela de su poltrona con gesto juguetón.
- Solo le pueden vender esas mentiras porque es gente que no tiene cultura.
- Claro, es lo que le digo, Suarez ¡Es todo una cuestión de cultura!

viernes, 2 de septiembre de 2011

Meditación

Imaginate en una habitación blanca y amplia. Tú estás sentado en el piso, en medio de ella. Cierras los ojos. Una luz blanca y muy brillante comienza a surgir en tu pecho. Poco a poco la hermosa luz se expande hasta llegar al chakra de la coronilla. Se hace muy brillante, casi no se puede mirar ya. Duelen un poco los ojos y sientes su calor en tu piel. Lentamente su fulgor se vuelve insoportable, aprietas los párpados con fuerza y te tapas los ojos con las manos, temes quedarte ciego. Su calor molesta, transpiras. Tratas de levantarte pero una fuerza extraña te mantiene sentado, ni siquiera puedes gritar porque pareciera no haber aire para conducir el sonido. La angustia crece junto con la asfixia y esa puta luz que sigue expandiendose hasta que ya no puede más. Un ruido sordo hace al explotar, y toda la habitación blanca queda manchada con tu sangre y tripas. Extrañamente, tus piernas continúan en posición de loto.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Baste

Baste esta frase del emperador para dar por concluído -hace casi 2000 años- cualquier debate sobre ciencia, religión y conocimiento.
Nada más mísero que el hombre que, girando sin cesar de un lado a otro, corriéndolo todo, averiguando hasta lo que hay en las entrañas de la tierra e indagando por conjeturas los pensamientos y secretos de su prójimo, no ha advertido que bastaba para su felicidad estar atento al espíritu que reside en él y consagrarle un culto sincero. Marco Aurelio (121-180)

viernes, 29 de julio de 2011

Don Rigoletto, el rey del pastel de papas

Hace rato que el tano Rigoletto se nos fue, pero nos quedó su obra y una historia que merece ser contada. Vitorio Rigoletto nació en Verona a principios del siglo XX y llegó a la Argentina con su familia en la oleada inmigratoria del período de entreguerras. Su padre, Genaro, montó un pequeño bolichito en la Boca que le dió de comer no solo a los Rigoletto, sino también a miles de personas que transitaron por el puerto en esas épocas.

El tano Rigoletto siempre estuvo ahí, aprendiendo cada detalle del hacer gastronómico con una dedicación y fervor que el viejo Genaro observaba en silencioso orgullo. A Vitorio le apasionaba la cocina, desde muy chico se metió en ese recinto humeante y absorbió los secretos de los maestros. A los 14 años, habiendo demostrado gran talento y responsabilidad, tuvo la cocina a su mando. Mientras, el bodegón de Rigoletto crecía en tamaño y fama, en parte gracias a que el joven Vitorio manejaba su cocina a la perfección, ofreciendo cientos de deliciosos platos a sus numerosos clientes que volvían una y otra vez.

Don Vitorio Rigoletto era sin dudas un artista de la cocina pero, como le sucede a muchos artistas, su pasión fue poco a poco tornándose obsesión. Había un plato en particular que él amaba por encima de todos: el pastel de papas. Para Vitorio, el pastel de papas escondía los secretos de la alimentación perfecta. Y, por alguna razón que nunca quiso o pudo explicar, el desarrollo del más puro y sublime pastel de papas se volvió su misión en la vida.

A sus 21 años, ya casado y con su primera hija en camino, Vitorio ganó el premio de la asociación gastronómica al mejor platillo de Buenos Aires. Como no podía ser de otra manera, el galardón era para su celebrado pastel de papas. Los que lo probaron dicen que era increíble, los ingredientes se fundían en la boca de tal manera que era imposible distinguir donde empezaba la papa y terminaba la carne, porque todo fluía en las papilas gustativas de manera prodigiosa. El premio le otorgo notoriedad dentro del ambiente pero, extrañamente, en vez de exhibir el trofeo con satisfacción, don Rigoletto lo aborreció diciendo que los que daban esos premios no tenían idea, y que su pastel de papas era una obra en curso, que no estaba ni cerca de ser terminada.

A su padre, el viejo Genaro, comenzó a preocuparle que Vitorio se quedase noches enteras después de cerrado el bodegón probando nuevas fórmulas, pero como las cosas marchaban bien y Vitorio cumplía con sus obligaciones sin problemas, lo dejó hacer. Por esos años Rigoletto se cruzó con ciertas corrientes minimalistas orientales, ideas que adoptó rápidamente y con fervor. El minimalismo sostenía que "menos es más", aplicado a la cocina esto significa recortar ingredientes y pasos en la elaboración hasta dar con la médula del plato, con su núcleo de pureza definitivo y categórico. Lo primeros ingredientes que desaparecieron fueron las pasas de uva y las aceitunas. Los clientes en principio elogiaron el cambio, decían que realzaba el resto de los sabores y hay que admitir que la pasa de uva siempre fue un elemento polémico en comidas saladas. Pero Vitorio no estaba conforme, y semanas después quitó también la cebolla, el huevo duro y la sal. Hay que entender que cocinar sin sal es actualmente una tendencia mundial, pero en ese contexto era de un vanguardismo inmoderado. Para muchos, a partir de ese momento el plato se empezó a tornar desabrido. Claro, era solo puré y carne picada, y casi cruda. Sin embargo, el tano defendía su obra a muerte, y echaba a empujones del bodegón a quien osara criticarla. Su padre, don Genaro, en total desacuerdo con el trato que su hijo daba a los clientes pero ya sin fuerzas para oponerse a su férreas convicciones gastronómicas, dejó el bodegón a su cargo, permitiendo que ese monstruo creativo quedara sin estribos.

Entonces Vitorio dio un paso audaz pero, según muchos, fundamental en su obra: eliminó la carne. Después de todo, el plato se llamaba pastel de papas, no había razón para sacrificar vacas en su nombre. La crítica se hizo oír al instante: “Pero Vitorio ¡Esto es puré!” decían sus más allegados, los únicos a los que se les permitía opinar sobre "la obra". Para defenderse de las críticas Rigoletto tuvo que recurrir a toda su inventiva. Pasó meses ideando su próximo paso. Ya no pasaba tiempo con su familia, ni siquiera dormía, toda su energía estaba puesta en su obra que, según él, estaba a pocos toques de alcanzar la perfección. Su siguiente avance fue osado: papa cruda y sin pelar sobre el plato. Esa fue su respuesta a los que creían que ya no era posible seguir deshilvanando el pastel de papas. “Papa cruda, ¿entienden? ¡Papa cruda!”, les repetía con los ojos desorbitados a los 2 o 3 clientes que venían ya más por el recuerdo y la amistad que por apetito.

"Papa cruda...", repetía incansable Vitorio como tratando de convencerse de que esa era la culminación de su obra. Pero no, algo le decía que todavía faltaba un pasito más, una conquista que concluiría su misión para siempre. Para él, para sus hijos, sus nietos, y para toda la eternidad, nadie podría superar eso a lo que él había entregado su vida. Pero, como todo verdadero artista, Don Rigoletto fue un incomprendido. Nadie entendía cómo el bodegón de Rigoletto, del prestigioso restaurant que supo ser, se había convertido en un tugurio vacío y sucio, donde los pocos “clientes” que quedaban tenían que llevar lo que iban a consumir. Y fue por eso que al final sólo unos pocos elegidos pudieron presenciar la culminación de la obra del malogrado don Vitorio. Y la verdad es que sus amigos y vecinos pensaron que se había vuelto completamente loco, aquella fría mañana de Julio en la que vieron al viejo Vitorio parado estático en la vereda del bodegón, como estatua viviente, apuntando con su brazo derecho firme y silencioso hacia la verdulería de enfrente, a un cajón en particular, inclinado levemente sobre la vidriera: "Papa negra 2k x $599". Su obra, “pastel de papas”, estaba acabada.

jueves, 26 de mayo de 2011

Mis días de scout

Llegué al scoutismo, como a la mayoría de las cosas que marcaron mi vida, sin querer. A los 11 años yo era un chico muy inquieto, insoportable para ser más exactos. Un día a mi viejo se le ocurrió llevarme a un grupo que estaba cerca de casa, el grupo Scout San Gabriel. Yo, por supuesto, me negué rotundamente. Para mí, como para tantos otros, el escoutismo era para nerds con vocación paramilitar, o consistía en estar todo el sábado a la tarde jugando a la pelota, cosa que también me aburría. Como verán, tenía solo 11 años pero ya me sobraban prejuicios. La cuestión es que mi padre me convenció -bajo amenaza de muerte- de intentar un par de semanas para probar y ver si me gustaba.

Y debo decir que lo que encontré en el grupo me sorprendió. De entrada me extrañó que a los pibes nos trataran como a grandes. Había proyectos, con objetivos concretos que había que cumplir en con tiempos y etapas. Por ejemplo, cuando llegué estaban preparando el campamento de invierno. Había que diseñar y armar mesas con colihues para llevar al campamento, chequear las carpas y el resto del equipo. Desde el primer día me dí cuenta de que en este grupo no se jugaba al fútbol, en este grupo se-la-bu-ra-ba. Formé parte de la gloriosa patrulla “Pumas” (audaces y feroces, ra ra, ra!) cuyo guía en ese momento era Juanjo Nieto, un gran scout del que aprendí mucho y que ya desde esa época se le veía pasta de dirigente. Los jefes de tropa de la época, otros grandes, eran Joe Garcés y Willy De Battista que planearon y llevaron a cabo un campamento que marcó mi vida: Bariloche, Enero de 1986.

Ese campamento fue encarado como un proyecto del grupo, creo que participaron los Raiders (hermanos mayores de los scouts) también. Estuvimos varios meses proyectando y palpitando la gran aventura. No se olviden que teníamos sólo 12 años, para nosotros ésto era como irnos a Malasia a luchar con tigres o descubrir América, era prácticamente una película. El día del viaje llegó y nos montamos en el micro con destino a Bariloche.

La cantidad de cosas que pasaron en ese viaje es incontable, todos los días traían una aventura. Recuerdo algunas muy vívidas, la subida al cerro López por ejemplo. La hicimos por la antigua picada, un camino que serpentea entre el frondoso bosque del cerro. Ese día, me acuerdo, uno de los chicos resbaló y empezó a patinar por la ladera. No recuerdo si fue un dirigente o un raider el que se lanzó de cabeza a buscarlo antes de que tomara velocidad. Un susto nomás, ingrediente fundamental de la aventura. Otro día, las patrullas salimos cada una por su lado. La idea era que, siguiendo pistas que encontraríamos escondidas en distintos puntos, nos reencontráramos en algún lugar de Bariloche. De repente, y esto no lo olvido, me vi caminando por “los kilómetros” de Bariloche (la avenida Bustillo) con un grupo de 7 compañeros de aventura, solos, participando de un juego que incluía todo el mapa de Bariloche. Déjenme enfatizar esto, éramos un grupete de 8 pibes de alrededor de 12 años caminando solos por una ruta. Supongo que los dirigentes estarían monitoreando de cerca, pero nosotros no los veíamos, solo vivíamos nuestra aventura. Otra impresionante vivencia de ese viaje fue el cresteo del catedral. También tengo tremendos recuerdos de ese día. Subimos el cerro en aerosilla y ya en la cima caminamos todo el día con nuestras mochilas por cornisas monumentales y paisajes increíbles, literalmente entre las nubes. Todo ese esfuerzo fue coronado por la llegada al atardecer del lago escondido. El espectáculo de la puesta el sol entre las crestas del Catedral disipó todo el cansancio. Esa tarde la pasamos en un verdadero refugio de montaña, conversando “mano a mano” con montañistas de verdad que nos decían “¿Ves ese pico que está allá? –Sí -Ayer se mató un alemán ahí” y esos lindos temas de conversación de montañistas... Esa noche, antes de dormir, escuchaba el zumbido del viento entre los picos y pensaba ¿Qué es esto? ¿Dónde estoy? ¿Cómo llegué hasta acá? No podía creer que yo, un pibe de departamento que hasta ese momento solo había visto ese tipo de cosas por la tele, pudiese estar embarcado en semejante aventura.

El viaje terminó, como todo, y mis días de scout también pasaron. Pero llevaré para siempre las cosas que viví y aprendí. El amor y respeto por la naturaleza, el valor del trabajo bien hecho y la certeza de que siempre se puede vivir una aventura. Sólo es cuestión de prepararse, y después abrir las alas y animarse a volar. Mi más emocionado recuerdo y gratitud para aquellos que me mostraron que la vida puede ser una gran aventura.

lunes, 11 de abril de 2011

Roncanrol

El tipo era historia viva, no se podía negar, pero la verdad es que últimamente estaba irreconocible. Del rockero irreverente y tirabombas que era parecía que ya no quedaba nada. Sin embargo el tipo tenía su público fiel, y son ellos los que hicieron correr este rumor.

Dicen que un buen día, en medio de un recital intrascendente y aburrido en un bolichito de Buenos Aires, mientras la banda se deshacía en un solo, el tipo caminó con dificultad hacia el centro del escenario y con un movimiento lento y teatral abrió un cierre que se disimulaba desde la ingle hasta la coronilla. La gente estaba azorada, no se había visto tamaño acto de transformismo desde los días de Sapag. Y para colmar el espectáculo, ante el público boquiabierto, cae al piso el inmenso traje de gomaespuma, dejando a la vista un flacucho zaparrastroso de bigote y lentes, que los mira fijamente uno por uno y después, señalando al cielo grita: "Roncarol y la concha de tu madre!!". 

Obviamente, se sentó al piano y lo descosió. Dicen que al final lo prendió fuego, en homenaje al gran Jerry Lee. Y nunca más volvió a tocar en vivo. Algunos dicen que está encerrado en su casa, otros que se fue de gira con Hendrix y Lennon. Pero el flaco está vivo, dicen todos.

domingo, 10 de abril de 2011

Usted está aquí

Bienvenidos, mi nombre es Diegol Demedia, su anfitrión. Desde mi más tierna infancia tuve cierto berretín con la escritura. Y como ya habrán adivinado por la elección de palabras de la frase anterior, en esa época lo último en tecnología de escritura era el mimeógrafo. Hoy tenemos Blogs y Twitter entre otras maravillas, donde todo el proceso de edición se reduce a tener una idea, escribirla y hacer clic en publicar, lo cual por un lado es una bendición y por otro... bueno.... es lo que se ve. Pero es cierto que lo importante es llegar, comunicarnos, mostrar lo que nos pasa, lo que nos duele, lo que nos une.

Diegoldemedia es un personaje ficticio pero no tanto. Surge en Twitter hace medio año. Por un lado es un winner, tiene nombre de gol, de golazo de mediacancha. Pero hay otra cara, otra historia. El gol de media puede ser un jugador atolondrado que ha perdido el botín en el área y termina haciendo el gol pero con la media, de pedo y sin ninguna elegancia. En el fondo, creo, hay una historia de vergüenza detrás de cada triunfador, pero esa historia no sale en los diarios, porque es poco épica y muy parecida a las nuestras: historias de losers.

Éste es Diegol, un personaje un poco creído y también bastante dolobu. Algunos días se pavonea orgulloso y otros se esconde avergonzado. A veces se la sabe lunga y otras no tiene ni idea de donde está parado. Puede contestar una pedantería y al segundo siguiente arrepentirse y sentirse un forro. Así, pendular, esquizofrénico, insoportablemente contradictorio, siempre le costó definirse. Quizás por su poca capacidad de reflexión, por ser un boludo, o quizás porque no hay etiquetas para lo que esta vivo, que siempre se empeña en ser lo que es, sin compromisos.

Este lugar, así como otros, es parte de esa búsqueda. Aparecerán, como por azar, cosas variadas. Viejos escritos de juventud, tuits cortos y largos, mini cuentos, relatos, ensayos, imágenes y lo que venga a cuento. Intentaré apartarme todo lo posible, dejarlo ser, corregir lo mínimo y explorar ese lugar misterioso donde las palabras sobran.

Acompáñenme, si gustan. No hay requisitos ni materias correlativas. Pueden engancharse cuando quieran, y picar a voluntad. No exijo ni prometo nada, no estoy a la altura. Sólo les puedo prometer el intento y desearles un camino amable.

Gracias por estar aquí.